La semana pasada nos desayunamos con una noticia que nos resultó, cuanto menos, llamativa: el fallecimiento de Victor Sueiro...
Digan la verdad: al escuchar la noticia, quién de ustedes no sonrió socarronamente, con cara de "a papá mono con banana verde", pensando que el muchacho volvería, nuevamente, desde el más allá con un nuevo libro bajo el brazo y presencia mediática garantizada de por vida (nunca esto de "de por vida" fue tan relativo o incierto ya que con este tipo nunca se sabe)... o nunca se sabía porque esta vez parece que partió de verdad, murió, espichó, estiró la pata, caput, si jué, no ta má.
Me imagino al médico a la hora de informarle a la familia: "Lamento comunicarles que, aparentemente, Victor murió... de todas maneras hemos decidido dejar una guardia permanente durante 3 o 4 días por si se arrepiente y vuelve... si así no lo hiciere procederemos a pegarle un tiro en la frente por las dudas, ya que no podemos estar tooooooooodo el resto de nuestra vida a la expectativa de que el señorito se digne a volver a contarnos de cuántos watts es la luz ahora, si el túnel está pavimentado o si cuando llegás al otro lado te esperan con cerveza y sanguchitos."
Es así nomás la cosa, todo concluye al fin nada puede escapar, todo tiene un final todo termina (en un rapto de lucidez escribí esas líneas tan profundas y puéticas). Lo que resulta llamativo es que hace un tiempo Sueiro participó de una publicidad en la que gente de Edenor le pedía que vuelva y que apague la luz del túnel... y bueh, volvió y la apagó... suponemos.
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